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Derechos inalienables

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La gente se ha puesto de acuerdo . Es fantástico lo del niño « medicina »: concebir un hijo para salvar a otro. Todo el mundo lo celebra. Todo el mundo, no; la iglesia católica está en contra; yo, también. Te aseguro que no quiero condenar a nadie; es más, en circunstancias similares yo haría lo que fuera necesario para evitar el dolor y el sufrimiento a uno de los míos, máxime si lo que hace falta es apenas un trocito de cordón umbilical. Visto con los ojos del alma, mi solidaridad con estos padres y con cuantos tengan el mismo problema. Sin embargo, suponte una familia de feos, cosas de genética también, quién podría prohibir a esos frustrados padres el derecho a tener un hijo hermoso; o, peor aún, imagina una comisión interdisciplinar de médicos e histriones morcilleros reunidos en Las Vegas, Nevada, para negarle al tal George W. el derecho inalienable a tener un hijo superdotado, siendo el pobrecillo como es. Los columnistas (vaya porquería de palabra) se quiebran los sesos para d...

Punto de inflexión

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Cuando la curva de la vida cambia de sentido, en ese mismo momento (se trata de un segundo despreciable), sabes que ya nada será igual y que acabarás, sin remedio, tomando pastillas. Se ha producido un punto de inflexión, dicen los geómetras listos. Tú estás tan tranquilo lavándote los dientes, es un decir, y ¡zas!, en mitad del espinazo aparece un dolor apenas perceptible, nimio, pero con la entidad suficiente como para hacerte volver la cabeza como si pudieras verlo; entonces exclamas: «¡jolines, que sensación más inesperada, cáspita!», o algo por el estilo, (ya sabes, todo depende de lo educado que seas; yo ladraría un taco enorme). Pues bien, con el auto de Baltasar Garzón ocurre lo mismo. Ha hecho algo que supone una ruptura con el pasado a pesar de que desde la prensa carpetovetónica se tilden sus decisiones de disparate esperpéntico. Ha tenido la osadía de declararse competente para juzgar los hechos de aquellos insurrectos que perpetraron el «alzamiento» estando como estaban ...

Héroes

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En Cuenca , hace muchos años, vivía Adolfo Bravo. Era un buen hombre, un poco botarate, pero buena gente. Tenía virtudes y defectos, como tú, quizá más virtudes; sin embargo, no tuve el gusto de tratarlo lo suficiente como para conocer la causa su desasosiego. Bravo era el último carlista de una larga retahíla de paisanos, a lo mejor por eso ni siquiera era tradicionalista, y de aquella anquilosada ideología apenas si reivindicaba la legitimidad dinástica, la boina colorada y el himno que cantaba a grandes voces cuando se lo pedíamos los guachos: entre todos, gracias al adoctrinamiento fascista de entonces, formábamos un orfeón esperpéntico: «Por Dios por la patria y el rey / lucharon nuestros padres. / Tatí, tatí». A veces, Bravo desaparecía de escena lo que coincidía siempre con la llegada de algún ministro de Franco; como crío jamás sospeché la razón de sus ausencias hasta que él mismo me contó cómo los policías lo detenían para que con su vozarrón de tenor no les soltase alguna fre...

Todo sigue igual

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Andaba yo investigando con denuedo para poder por fin enterarme de los pormenores de la vida de la duquesa de Alba (pobrecilla, ¡con lo vieja que está y con novio!), cuando me vino a las mientes el deseo irrefrenable de pensar sobre la fugacidad de la vida. ¿Pillas la analogía? Por eso, angustiado, me eché a la calle donde pude comprobar cómo los arbolitos amarillos dejaban caer con levedad sus hojas yertas, quemados los pedúnculos por el cuchillo del frío. ¿Sabes?, estaba deprimido por la cosa de la bolsa, por eso colegí que había llegado el tiempo del otoño que es cuando los insectos mueren porque el sol se ha vuelto perezoso, la atmósfera se limpia y se ve más lejos. Craso error, después, mientras deambulaba sorteando la pringue de las aceras cuyos churretes encuentran sus ancestrales raíces en la tradicional vaquilla, la reflexión devino en desasosiego al comprobar in situ cómo aquellos bichos que llamamos cucarachas prefieren los lugares que a nosotros nos repugnan para poder qui...

La angustia del ignorante

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Un día me pregunté a dónde narices van los bytes cuando se cuelga el ordenador. Obviamente no encontré respuesta porque los bytes son apenas un concepto abstruso que un servidor no alcanza a comprender a pesar de haber tenido que explicarlo muchas veces a gente inocente. No es malo carecer de respuesta para las preguntas trascendentes que uno se hace porque en el ansia de saber va incluida la angustia del ignorante. Imagínate cómo andaría mi mente de burguesito provinciano para tratar de indagar sobre tamaña gilipollez pues todo el mundo sabe que los bytes son el cuerpo intangible de la globalización, o sea, el alma y «el alma sólo es de Dios», lo que traducido a nuestro tiempo equivale a Bill Gates. Claro que si no soy capaz de explicar a dónde van los bytes, cómo podré ayudar a averiguar el paradero de los cuatrocientos setenta mil millones de euros que se han volatilizado en Estados Unidos como consecuencia de las prácticas neoliberales del ganado que ha dirigido el imperio, cuarto...

Cabreo

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El mundo anda caliente y acongojado por las negras tormentas que agitan los aires. Ha llegado el momento de las vacas flacas que es cuando, después de haberse llenado la buchaca a puñados, parte del empresariado más cutre quiere recoger el tenderete y echar a la calle al excedente de empleo (otra manera miserable de llamar al personal) que ahora no produce beneficios; claro que, si el gobierno de turno suelta la tela para pagar entre todos los enormes fajos de miles de millones de euros que aquellos «modélicos» gestores de la banca han dilapidado, pues todos tan contentos, los mercados de valores se calman y la cosa vuelve a ir más o menos. A eso lo llaman inyecciones de liquidez. Capitalismo sí pero no ahora que vienen torcidas: el presidente de la patronal pide a Zapatero «establecer un paréntesis en el libre mercado», el señor dice «paréntesis». Me encanta cómo habla. Y digo yo si habrá alguna expresión lo suficientemente malsonante para decir en román paladino «No me toque usted ...

Virtudes

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En España cuando uno triunfa, siempre hay un enterado que se encarga de buscarle los defectos, lo digo por José Tomás. En América no pasa (pienso en Sarah Palin que es la gobernadora de Alaska); tampoco en Marruecos (ahora voy por el clérigo que promueve las bodas con niñas de nueve años con edictos donde pondera a las crías porque «dan mejores prestaciones» que las veinteañeras, parece que habla de coches). Lo confieso, a mí los toros no me gustaban y a veces, si lo pienso con la cabeza de pensar me siguen horrorizando, pero un día de agosto vi al torero de Galapagar en la plaza de Cuenca sacando leche de una alcuza: me he vuelto creyente; lo siento por los antitaurinos y más aún por los seguidores de Perera, una auténtica legión que critica al republicano sólo por joder la marrana. Quede claro que todavía no me he inscrito en el partido de Bush, todo se andará, y que desde luego tampoco me he convertido al Islam, aunque nunca se puede decir de esta agua no beberé. El caso es que me ...

El tiempo equivocado

A veces en la vida, al igual que a Gamoneda, el tiempo nos llega equivocado; entonces me imagino a un cartero sideral, forrado de luces como los chinos de los juegos olímpicos, trayéndome una carta amarilla; el hombre, avergonzado, me pide disculpas de hinojos por haberla extraviado durante varias décadas en el cajón más cutre de la cartería del cielo. Yo lo perdono porque perdonar es humano y todavía me queda algo de eso, poco, aunque sé que lo que contiene el sobre es una cruda realidad que no me merezco. A Gamoneda, por ejemplo el cartero del cielo le trajo una vez hambre, miseria y un montón de oficios de mierda, en lugar de un asiento confortable en las aulas de la universidad de entonces, quizá por eso se queja del tiempo vivido al que mira con desprecio, no con nostalgia, y al que le gustaría borrar con una lluvia incesante a modo de rito purificador. Estoy convencido de que a muchos políticos de este país el tiempo también les ha llegado equivocado, a lo mejor por un defecto ...