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Mostrando entradas de marzo, 2008

Tradiciones

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Este año he empezado una tradición nueva, la de ir a meterme de punta cabeza en el despiporre de la orilla de la mar salada mientras los paisanos le daban al botellón y al tambor. Así de sencillo, lo pensé y lo hice: Paquito el aventurero . Me gusta empezar atávicas tradiciones que duren lo justo; en mi casa hubo otras, pero las he desechado en beneficio del cambio: muchas horas de coche, pantalón corto, caña de pescar bichos, sombrero de ala caída y el cancionero infantil de la «señorita Pepis». Sin embargo, tanta complejidad no era suficiente, tenía que dotar al asunto de más aditamentos; te confieso que esa fue una de las causas por las que me veías cada día por la Carretería ensayando andares hasta conseguir uno entre desairado y lánguido, el que tenía el largo justo para no arrimarme golpetazos con la nasa en el trasero, lo que hubiera provocado el natural descojone de los ociosos que anduvieran balduendos por el espigón. La cosa ha ido bien, es un decir. Al ir, las siete horas

Junto al mar

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La luz del mar salta desde las olas, parece que quiere escapar de la prisión que es el mar cuando está calmo y brilla con la fuerza de mil soles. En la orilla, el rumor del agua acompasa la lectura del viajero. Pero es primavera y el viento fresco enfría los amores de la novela. Entonces, el lector se levanta de la arena y se pierde entre la multitud que pasea sin rumbo.

Sábado

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Me levanto pronto para disfrutar más del tiempo aburrido, del descanso ganado. Tengo todo el día por delante. Primero desayunar fuerte; luego, otra vez a la cama. Nada que hacer en todo el inmenso día. Pierdo los minutos repasando con la mirada los techos inciertos de la habitación; en cada esquina anida sedoso el rastro de la inspiración, por eso es bueno estar tumbado escudriñando la baba de las musas entre los pliegues de la escayola; dicen que a Ionesco, el dramaturgo, le gustaba estar tirado sobre el sofá por si llegaban las diosas con los brazos llenos de mensajes absurdos. En la mesita de noche, la radio, como un viejo solitario habla, nadie escucha; hay un runruneo de anuncios a la sordina: son las seis de la mañana. El reloj trota cansino, desmayado. Tras los cristales, las débiles nubes tamizan el amanecer sobre la ciudad dormida. Sábado. Marzo. El silencio roto por un alarido, la ambulancia pasa de lejos, hacia el ocaso. Hay que matar el rato, no vaya a ser que el aburrimie

En caliente

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En caliente. Así, con el muerto aún tibio sobre el frío mármol del hospital. Estos hijos de puta han apuntado a un objetivo fácil (como Vd. y como yo) y lo han matado en el portal de la casa, cuando salía con su familia. No ha sido suficiente un tiro, han necesitado cuatro; le han metido cuatro tiros porque era un objetivo fácil, accesible para la pareja de cobardes. Hay víboras más humanas cuando inyectan su veneno. Oigo a la señora Aguirre en la radio y siento escalofríos. ¡Dios mío! Calma, estamos en jornada de reflexión. Debo ser frío. No, no puedo porque el cadáver de Isaías está aún tibio sobre el mármol. El fin, los medios. Salvapatrias con pistola. La indignación no me reconforta, acrecienta mi malestar. A lo mejor es que no hay salida, quizá tenemos que resignarnos a ver cómo, de vez en cuando, un par de estúpidos matan en el nombre de no sé qué miserias. En caliente, con la mano tapándome la boca para que no oigas cómo los insulto, escribo un homenaje emocionado a un hombre

Retoques

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El Photoshop es increíble, si lo hubiera tenido el tío Stalin habría hecho mucho mejor los apaños en las fotografías de los desafectos : primero una leve rectificación histórica para quitarlos del escenario de papel; luego, ya sabes. Pero no, el software de retoque es un invento de nuestro tiempo puesto a disposición del personal para que le quite gorduras a la parienta o le azulee los ojos a la querida. Lo malo es que también lo tienen los partidos y lo usan con profusión, vaya si lo usan. Se me ha ocurrido acudir a la página «webera» del PP para verle el rostro al candidato (no lo volveré a hacer, lo juro por éstas), y, jolines, le han alargado el cabezón utilizando el programita: se acota la imagen con la herramienta apropiada, se tira a voluntad «et le voilà» le crece la frente dos dedos para que parezca más inteligente; de paso, le apepinan el gesto con el objetivo de disimularle la cara de pan y le difuminan la arrugas utilizando un procedimiento tan elemental