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El otro Jesús

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Cuando escribo son las ocho. Estoy sólo frente al ordenador. La noche ha empezado unos segundos más tarde que ayer; ahora la luz crece sin que nos demos cuenta. En el fuego un pedazo inmenso de carne perfuma la casa; cacerolas, platos de china, tenedores que apenas si pueden voltear la comida. Villancicos, grititos de niños y de gatos, frío en la calle. Cartones acumulados en los contenedores. La ciudad vacía, las casas llenas de solidarios con guantes. No tengo hambre. A estas horas los hombres de noche, seres invisibles, vuelven a sus escondrijos, cansinos, sin más consuelo que los cartones de los juguetes abandonados   (prefieren las cajas de las bicis). A Jesús fueron a adorarlo los pobres: pastores y lavanderas; y los sabios. El otro Jesús, el mendigo, se arrebuja bajo una manta desgarrada por los días y las noches. Está solo y huele mal; tiene al lado una botella de vino y un enorme bocadillo que le ha dado una dama piadosa porque, al fin y al cabo, es nochebuena en el universo d