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Mostrando entradas de diciembre, 2008

La cena

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Es importante que el agua hierva unos minutos en una olla de acero inoxidable. Mientras tanto, corte la caña de lomo en rodajas muy finas para que cunda más y dispóngalas en un plato formando con los óvalos un bonito dibujo en cuyo centro colocaremos un tomate cherry y algunas hojas de endivia distribuidas simétricamente desde el centro. De vez en cuando compruebe que el agua ha roto a hervir; en cuando esto ocurra, baje el fuego al mínimo. Fría el huevo en abundante aceite: cuanto más caliente, más puntillas. Busque en alguna emisora villancicos y quédese un rato mirando a la calle y añorando la infancia. Ya es suficiente. Tueste pan; puede hacerlo en otra sartén. Vigile el agua. El mantel puede ser de papel liso. Pinte algo rápido y divertido con sus lápices de colores: una bola, la rama de un árbol, la corona de un rey... Disponga la servilleta a la izquierda del plato. Siéntese. En ese preciso momento la olla exhalará un vaporcillo leve, apenas perceptible. Una a una vay

Economía

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La sala es grande aunque torpemente decorada. Sobre las mesas, como antesala del contenedor azul, hay un montón de papeles de todas clases. De las paredes cuelgan carteles apolillados y tres o cuatro tablones de anuncios. En uno alguien ha pinchado un pequeño calendario con la imagen de San Pancracio. El asunto no tendría la mayor importancia si no fuera porque el santo ha sido clavado sobre la fotocopia del número de lotería que juegan los profesores. Investigo. El de Religión no ha sido, lo juro. La de Ciudadanía, tampoco, lo prometo. Al fin, alguien confiesa. No me lo puedo creer: él, que nos explica cada día lo que pasa en el mundo de las finanzas. Ése ha sido (señalando con el dedo): el de economía. ¡Vaya toalla! Ahora me explico lo del timo de Madoff cuando los enterados tienen que echar mano de un trasunto de la diosa Fortuna. Menos mal que al calendario no le ha puesto perejil. Es muy posible que al mismo tiempo, en Madrid, unos pocos diputados y diputadas (de ambos sexos que

Fábula

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En esa fábula también hay animales: cerdos, cuervos y tortugas. Tiene su moraleja perfectamente hilvanada. No le falta detalle. El poeta moralista la está componiendo en endecasílabos que son unos versos de mucha categoría, algo así como el mercedes de la poética; no ha olvidado la rima consonante, la más pura, ni el ritmo mayestático del pie sáfico; ¡la metaleche! Habla de un cerdo que vivía en una pocilga, rodeado de todas las comodidades que precisa un cerdo; el guarro envidiaba al cuervo, señor de los cielos nubosos, por vivir al aire y comer a gusto de todo cuanto al alcance de los ojos tenía: lo mismo bayas que carroña. Sigue la historia; ahora con un narrador emplumado que envidia al gorrino por la comodidad de su corte (así llamamos en Cuenca a las gorrineras), la solidez de su casa y la estanqueidad del tejado. El poeta, hila que te hila, anda jodiendo la marrana con el cambio del punto de vista del narrador; así no hay quien se entere. Al llegar a los trescientos versos, rec

Un mundo de cuento

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En la primera versión de «la pequeña Blancanieves» publicada en 1812 por los hermanos Grimm, era la madre la que ordenaba el asesinato de la niña . Muerta la guacha, se acabaron los celos. Pero, cuando se instaló la moralina pastelera en la mentalidad de las clases dirigentes europeas (entonces también todo era fachada), Jacob y Wilhelm tuvieron que cambiar de protagonista pues nadie concebía que toda una reina fuera capaz de eviscerar a su princesita. Nadie, no; entre las clases más humildes, la egregia costurera seguía siendo un ser abyecto. Luego pasó lo que pasa cuando la literatura suplanta a la realidad, que todo se vuelve blando como los relojes de Dalí y en esas circunstancias no apetece rebuscar en la basura. Además, qué más da si la mala era la madre o la madrastra. Al fin y al cabo todos somos hijos de Dios. Después de aquello, los cuentos acababan bien: los príncipes eran felices y comían perdices, los pobres conseguían tierras y las chicas se casaban bien casadas; todo se