19 de septiembre de 2018

No me rindo


Cambian las personas, las ideas, cambia el mundo. Todo es apariencia. O no.

Los partidos de gobierno se han convertido en la provincia de Cuenca, quizá también en otros sitios, en nidos de logreros y chupatintas; no se habla de ideas, solo de tácticas gorrineras para conseguir el poder. ¿Cuántos socialistas podrían definir en qué consiste el socialismo?, ¿cuántos peperos sabrían hablar del liberalismo económico sin caer en la contradicción permanente? De Ciudadanos no hablo, el primo de Rivera se define solo.
Te preguntarás que por qué no escribo en El Día donde yo creía que podría hablar con absoluta libertad. Me he dado cuenta de que hay un rincón al que no se puede pasar —el rincón de García-Page—, si te metes con Il capo dei capi, estás jodido. Puedes insultar a cualquiera, pero al padre Bono y su monaguillo Emiliano están vetados. Servidor, creyendo que todo el monte es orégano, ha entrado en la casa del postulante (verás cómo aspira a secretario general tras Sánchez) y zas el artículo desaparece. Me llegan noticias de que el Sahuquillo ha mediado en el asunto, enfadado porque un servidor, el traidor me describe como hijo de puta, se mete con la mano que le da de comer.
Recuerdo al hoy presidente de la diputación de Ciudad Real amenazando en público a la prensa  desafecta con tomar represalias cuando llegase el momento con la aquiescencia de casi todo el personal que ocupaba la sala; no me concedieron la palabra a pesar de que la exigí desde la primera fila con vehemencia. Yo creía que eran cosas de un botarate para el que su partido es apenas una marca; no, parece práctica habitual entre la gentuza que tanto daño está haciendo a la libertad de expresión.
No me han echado de El Día, me he ido yo después de 15 años de colaboraciones. Era mi casa y me sentía a gusto, pero cuando se cae el tejado, no es bueno permanecer debajo. Confieso que tengo afecto por su editor, Santiago, y que me he sentido triste por tener que dejar la rutina; pero hay otras rutinas, otros lugares. Un mindundi, como Luis Carlos Sahuquillo o mismamente el García-Page, no me van a callar. Allá ellos si quieren convertirse en censores ahora que el campo no tiene puertas.

La primera noche ellos se acercan
y cogen una flor de nuestro jardín,
y no decimos nada.
La segunda noche, ya no se esconden,
pisan las flores, matan nuestro perro
y no decimos nada.
Hasta que un día,
el más frágil de ellos,
entra solo en nuestra casa,
nos roba la luna, y conociendo nuestro miedo,
nos arranca la voz de la garganta.
Y porque no dijimos nada,
ya no podemos decir nada.

                                                                 Maiakovski