18 de enero de 2018

El erial


 Me he vuelto un auténtico fanático con los libros de segunda mano. El último, el Diario íntimo de González Ruano. Tú te preguntarás por qué ese y no otro de César Vidal. Porque me gusta su bigote de fascista señorito, su impoluta presencia, el elegante desprecio que manifiesta hacia lo vulgar… En realidad, lo que acabo de escribir es una inmensa mentirijilla; lo he comprado porque habla de mi ciudad, de Cuenca, cuando esto era un erial, un campo inculto plagado de moscas en donde brotaban mínimos botones de flor al amparo de su bohemia sombra y otras que me da pereza citar.
Don César se alojó en el hotel Iberia, un magnífico edificio que hoy languidece tras la desastrosa gestión de la Fundación de la Caja de Ahorros. Vivió en una habitación desde cuyo balcón se podía ver, de través, la parte alta, y aún la más alta coronada de cerros. Se juntó con unos y otros y cita de pasada que don Eduardo de la Rica, hijo de un anarquista cobardemente asesinado en prisión, llevaba como él  un diario desde 1934; don Eduardo, de joven Diderot, me confesó que todos aquellos cuadernos habían sido lamidos por el fuego purificador que demuele la memoria, aposta, por no dejar constancia de tanta barbarie como tuvo que soportar.
Y habla de Ofensiva, un periódico del régimen —franquista—, pero bien escrito; y de Federico Muelas, con manos de monja, y del alcalde Jesús Merchante. Y también de Pepe Cerrada, el médico a quien tanto debe mi familia materna. Todo eso en una bella ciudad, dice, untada con mantequilla de muerto.

El Diario es gordo, más de mil páginas que me enseñan una ciudad pequeña, escasa en casi todo menos en belleza. Hoy sigue igual, peor, a pesar de que ya no hay un periódico diario, ni un café Colón donde con la bebida te suministren tintero y pluma. Mangana no sé si funciona, a lo mejor, pero en mi casa no se oye; ya no hay gobernador civil ni siquiera señorucos de medio pelo. De aquel alcalde, hombre de formación liberal, de buen gusto y de derechas, hemos pasado a un botarate más bien escaso, muy escaso. Casi nada de lo que importa ha cambiado, todo sigue igual, con una intelectualidad subvencionada y enajenada del prójimo, como aquella, pero sin don Eduardo, ni Valdivieso ni Pepe Cerrada, tampoco está —¡oh Señor, lo que voy a decir!— el inefable Federico Muelas para conversar en una terraza del amor y otras tonterías.