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Saber de Cuenca

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Juro por Maduro que cada vez estoy más desconectado de lo que pasa en Cuenca. «Me la pela», dice mi alter ego —para los de la tertulia «cultural» del Mateo Navalón «mi otro yo»—, ese yo que se esconde porque aquí, si conoces te pones de muy mala, pero que de muy mala hostia. Me cuentan de la actitud de un tal Miguel Romero cuando recientemente en esa asamblea de «próceres» de cartón el tal Jesús acusaba a don Juanito de mandar fusilar a los adversarios políticos. Recalcan su silencio cómplice o, peor, su desconocimiento. ¿Cómo habrá llegado tamaño ignaro a participar tan activamente en la «cronificación» de la ciudad? Y ahora lo han hecho poeta; no me jodas Marta Segarra, tú, precisamente tú. La decadencia es la consecuencia de la indecencia, del fatuo entendimiento. Me maravillo de lo que veo y que no quiero ver. Y ahí los tienes, difamando a quien quiso que esta ciudad tuviera nombre, quien salvó gran parte del tesoro de la catedral de las garras de los anarquistas —de cuidadas uña…

A propósito de España

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«La realidad tradicional de España ha consistido precisamente en el aniquilamiento progresivo de la posibilidad de España», José Ortega y Gasset.


Vivimos tiempos extraños, tiempos furibundos, recios como estaca de pino. Lo sé por lo que siento en mis propias carnes; se empieza insultando a la madre que parió al árbitro y se acaba exhibiendo una chulería insoportable frente al adversario —ahora más enemigo— político. Y todo casi gratis, sin coste aparente por tergiversar la realidad, el lenguaje y la puñetera memoria. Para eso estamos, caballero, para abrir la boca y tragarnos tamaña inmundicia. En esa manipulación está también la palabra España, tierra de conejos a lo que se ve por cómo los exhiben muertos un par de acémilas. Es obvio que hay al menos tres Españas, cuatro si contamos al carlista Torrá. Españas casi siempre irreconciliables, cuyo concepto se basa en una historia irremisiblemente común cuya memoria no compartida nos arrojamos a la cara como si fuera un puñado de mierda.…

Muy calladito te veo

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Hasta hoy no era el momento de hablar mal de nadie, se trataba de prevenirme de la irrupción de los últimos coletazos del franquismo, de esa extrema derecha inculta, excesivamente ridícula en las formas, que nos quiere robar la patria y la historia. Ahora, cuando hablen en el Congreso, veremos cómo nos muestran su nadería.
Mi respuesta fue empadronarme en Madrid para no votar a un fingido socialista — en realidad es del último que llega— que se ha hecho el amo del cotarro. En el lote, por suerte, va Gracia Canales, una extraordinaria persona a la que le tengo afecto desde cuando representaba a la candidatura de Pedro Sánchez a la secretaría general del PSOE, allá por 2015; servidor estaba en el banco contrario. Ya se encargará el fulano de ningunearla para que nadie, nadie, le haga sombra a tanta escasez intelectual y humana. Gracia, ¡sé prevenida!, pregunta a las anteriores candidatas que lo acompañaban, aquellas que se quedaron fuera. No estoy contento del todo, me hubiera gustado …

Ser República

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Ser republicano no significa celebrar el día con proclamas incendiarias, sacar la bandera tricolor a las calles o participar en algún refrendo juvenil por su restauración, que también. La República es otra cosa, además, es confianza, valor, independencia. Tarea colectiva, participación generosa, distribución del poder entre varios órganos. Hacer efectivo el lema de Libertad, Igualdad y Confraternidad; Machado dice que «Son una» porque cada una de ellas matiza a las demás. Ser republicano no implica ser comunista, ni socialista, ni lo que sea. No tiene que ver con la adscripción partidista, ni con el nacionalismo tan reaccionario que nos acecha, ni con la religión o la magia. En la República todos tienen cabida, casi todos, con la única condición de aceptar que «el poder detenga al poder» y de que se trabaje con tanto ahínco por las minorías como por las mayorías. Ser republicano es una opción por devoción, una práctica personal, una cruzada contra la estupidez y la ignorancia. Es e…

Podría llover

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Escribo menos, leo más. Emilio Lledó, Ortega, Machado. Cada uno por un motivo diferente. Cuando me encuentro con ellos me noto crecer, un poco, apenas nada —un centímetro en algo más de cuarenta años—. De Lledó, la memoria, esa traidora que nos reconstruye el edificio de la vida; de Machado, la humanidad, el misterio en un determinado poema, la luz para unos, surrealismo para el ciego. Ortega es otra cosa; un libro pequeño que huele a humedad y a polvo, las Meditaciones del Quijote que me ha caído del cielo para salvarme de otras monotonías que no te pienso contar. Todos lúcidos, maestros ausentes, guías en este valle donde los perniles sustituirán a las almas. Llegan las elecciones. No me quiero pronunciar sobre ningún candidato. ¿Ninguno? Ninguno. Acabo de borrar una retahíla de improperios contra este y la otra; más que gruesos. No lo merecen, los mercenarios carecen de conciencia, apenas si obedecen órdenes. Intentaré comprenderlos, igual que si fueran los protagonistas del rela…

Pederastia

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Don Luis Astrana Marín, uno de esos sabios contradictorios, escribió en 1915 una suerte de libro entre la novela y la autobiografía titulado La vida en los conventos y seminarios. Relatar las virtudes y defectos del erudito sería prolijo; sin embargo, decir que tradujo a Shakespeare al español; biografió a Cervantes, Lope, Quevedo, Cristóbal Colón o Séneca. No me interesan sus contradicciones, fruto del miedo y la indolencia, pero sí la novelita susodicha.
Narra su salida con nueve años de Villaescusa de Haro —de flamante retablo—, para adentrarse en conventos y seminarios con la noble intención de ser cura —vocación adquirida a guantazos— y así poder empaparse de latines; hasta hace muy poco esa era la única forma en la que los niños aventajados del medio rural, «pueblos son que no resurgirán nunca», que había de adquirir una sólida formación impartida por aquellos franciscanos en San Clemente. Tras la formación básica del curilla, se llegó el tal Luis al seminario conciliar de Episcó…

Alfonso Guerra

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Me había engañado Alfonso Guerra. Lo reconozco, soy uno de esos que se tragó la bola de que este individuo era el paladín de la gente humilde. Nunca creí que su hermano fuera un chorizo, ni que él un sátrapa. Lo imaginaba en un caballo blanco arremetiendo sin celada contra una derecha tridentina. Incluso llegué a mostrarme ideológicamente próximo a él: el redactor de la Constitución, el hombre del pueblo hecho a sí mismo. Y una polla. Cuando lo oigo en la tele enredado en un discurso reaccionario lo reconozco; soy de los que piensan que las personas no cambian tanto como parece, y que, en todo caso, cuando se hacen viejas, la piel amarilla deja entrever las venas de lo que esconden. Me he caído del caballo, reniego de este falso santo laico, más cuando abro el libro de Jorge Semprún (Federico Sánchez se despide de ustedes) donde lo describe con una precisión quirúrgica: «se dedicaba a representar: hacía el papel de un hombre de Estado estudioso y severo», un actor muy lejos de los gr…