Ante el precipicio

Naces ciego. Eres un ser incompleto, vacío de contenido; solo un mecanismo biológico que te permite, si los hados te son propicios, sobrevivir. Dicen los psicólogos que es a partir de los dos años cuando tenemos conciencia del yo. Antes vemos las manos y los pies como prolongación de nuestro cuerpo, un cuerpo impreciso pues solo tenemos conciencia de una parte; ser conscientes de lo que nos complace y lo que nos incomoda es el primer paso. El espejo, el segundo. Tienes capacidades que es lo mismo que decir posibilidades de ser alguien, auténtico, distinto; eso te dicen. Pero no, eres una mota de polvo que se cree libre, autónoma, eterna. Te sabes distinto porque hay otros; más. Algunos, pocos, dignos de consideración; otros, iguales; los más, indiferentes. La familia te jalea, te dicen hermoso, excelso; hay que ver cómo pinta el guacho, o lo bien que juega al fútbol, o cómo hace de bonitas las letras. O te ignora. Lees, tu yo se proyecta en el libro, esa mágica herramienta que...