Delincuentes

Correa, el pobre, alucina. No sabe por qué está encerrado entre delincuentes. Él no lo es. Él es un hombre de honor, amigo de sus amigos; leal como pocos. Y por un leve problema contable, un problemilla con Hacienda, un juez desconsiderado lo ha enchironado para que se pudra con la gentuza que sí ha delinquido. Pero él, no, no es un mangante; sólo un empresario obligado a trabajar como un mulo para hacer mayor la empresa porque, es un principio financiero, o creces o te arruinas. Y para eso no sabe usted la cantidad de sapos que se ha tenido que tragar y la de manos blandas que ha tenido que estrechar (manos de sebo, manos pringosas, manos sin sangre); o la de regalos absurdos que ha tenido que pagar para dejar contento al cliente; lo importante es el servicio postventa. Y mira cómo se lo pagan. Así no hay derecho. En una celda interior, para no ver el sol, con lo peor de cada casa. «Yo no voy a hablar», ha dicho. «Ya sabes cómo soy». Pero las latillas de mejillones cansan, y cansa la...