Aquella feria
Con las fiestas, los jóvenes de antaño se solazaban al borde de las atracciones feriales vestidos de domingo, impecables y con los bolsillos medio llenos del dinero que desaparece deprisa mientras escuchaban canciones de las que cuentan historias de amor. La gente cambiaba de un día para otro, pero también la ciudad; de repente, se convertía en una especie de luna rota en donde se reflejaban sus perspectivas adornadas con luces de colores: procesiones, toros, vino, norias pequeñitas y tómbolas. A veces había teatro, el Teatro Chino de Manolita Chen, un espectáculo al que acudí en varias ocasiones para reírme como un tonto ante la galería de espejos que se desplegaba en el escenario. El humo y el polvo son los mismos y sospecho que como entonces la ciudad se llenará de galanteos y noches muy largas. Digo sospecho porque ya no vivo la fiesta y apenas si acudo por paterna obligación a ver cómo los caballitos que suben y bajan dan vueltas sin fin alrededor de un cilindro en donde veo el re...